
Tengo el juicio de que “soy muy mala para los idiomas”. A partir de aquí ya os podéis imaginar qué me pasa…
Bueno… Hablo perfectamente castellano y catalán, porque son mis lenguas maternas, entiendo casi todo del francés, porque lo estudié en el colegio casi sin darme cuenta, aunque no lo hablo nunca, por falta de oportunidades, pero sobre todo por vergüenza y por falta de vocabulario por desuso… y me enfado con el inglés, porque prácticamente no lo he estudiado, por lo tanto no lo se, y me encantaría poderlo entender, saberlo leer y por supuesto, hablarlo!
Mi enfado con el inglés viene porque lo fui dejando y dejando hasta que ahora me parece imposible poderlo aprender… y ahora está teniendo un coste para mi, no solo a nivel profesional sino también personal, porque no puedo acceder a algunos trabajos y al conocimiento de libros y artículos que me interesan, no puedo entender lo que dicen personas que me parecen sabias y apasionantes, no me he podido comunicar en países que he visitado y no me planteo ir a otros a los que me gustaría ir, pero que sin traductor al lado no me atrevo porque se que me voy a aislar de la gente del lugar por no entender… Enfín… ya veis, un desastre!
Sin embargo con los años he descubierto que hay un idioma que domino muy bien, que es el de las emociones. Y entre los distintos idiomas a través de los que hablan las emociones, hay uno en particular que me encanta, que practico a diario, y ahora ya enseño, que es el idioma albaemótico.